domingo, 1 de noviembre de 2009

CONDUCIENDO POR LA CARRETERA



Tengo varios mapas de carretera en la guantera del coche, junto a las cintas de música. Escucho a los Talking Heads mientras voy por la A-66 hacia León. P me espera en la cafetería del nuevo museo que han inaugurado en la ciudad. Voy por la autopista de montaña que comunica Asturias con la meseta. Tiene pendientes bastante pronunciadas, algunas del 13%, y varios túneles sin fin. Se hacen eternos. Algunos mal iluminados y con baches, como el Negrón, de casi cuatro kilómetros. Antes de entrar en él un cartel luminoso informa útilmente al conductor: EN CASO DE ATASCO PARE EL MOTOR. La autopista es de peaje. Ahora estoy en el toll precisamente, y busco monedas para pagar a la mujer. La mujer que trabaja en el peaje de la autopista debe de tener unos 25 años. Me saluda sonriendo y extiende su mano izquierda para alcanzar el importe. Tiene la radio encendida, puedo escucharla desde el interior de mi coche. Emiten un programa musical y oigo a Manu Chao. Demasiado comercial, todo se ha vuelto muy comercial, pienso, mientras le digo adiós a la mujer del peaje de la autopista del Huerna. También observo el paisaje montañoso con los picos nevados, y los pueblos de ahí abajo que veo alejarse mientras el velocímetro marca 100 km/h. Y las diminutas casas vistas desde arriba, como piezas del Monopoly. La señal de interrogación blanca sobre fondo azul (una de mis preferidas), me recuerda que puedo apagar las luces. Es una señal precisa. Es poesía visual en estado puro.

Conducir es algo inenarrable. No sólo supone un auténtico ejercicio de libertad, sino de placidez, es como escuchar permanentemente un mantra. ¿Qué puede haber comparable a la sensación de alejarse de un mundo conocido, aunque al mismo tiempo poco analizado desde otra perspectiva? En la autopista de montaña no hay peligro inminente, adelanto camiones y coches a los que ya resulta imposible descifrar su lugar de procedencia. No estoy de acuerdo con la nueva ley de matriculación, así que juego a imaginar el origen de los conductores; ése, de León, aquél que viene en sentido contrario y que va a 130 Km./h seguro que es de Madrid. Ahora me adelanta señora con madre por copiloto. A mi lado, niños alborotando en la parte de atrás y padre cabreado a punto de parar el coche y dejarlos tirados en el área de servicio de Caldas de Luna, que da nombre a un pueblo ejemplar, considerado así en el año 1959. Cruzo el puente de Fernández Casado, tantas veces retratado y expuesto en concursos fotográficos donde lo que se premiaba era la técnica, no el concepto o la sensibilidad.
Ningún paisaje llega a ser igual. Existen matices, a veces insignificantes que lo singularizan. Conducir supone ir a un punto concreto, aunque realmente uno nunca se dirige a un lugar exacto. Conducir es ir extraviándose lentamente.
Llego al segundo y último peaje de la autopista de montaña. A partir de aquí se extiende una inmensa llanura amarillenta con escasas elevaciones. Más allá, inconfundibles fardos de paja listos para cargar. Me desvío hacia León y dejo atrás la salida hacia La Robla, o Astorga donde veraneaba la dividida y filmada familia de los Panero.

2 comentarios:

Verónica Cernadas dijo...

me gusta mucho este texto, yo también pienso en las señales y sus significados ocultos y creo que el coche es el lugar más libre del mundo,donde puedes elevar el nivel sonoro de un grito o canción hasta niveles insospechados.

Roxana Popelka dijo...

Sí Verónica es lo que yo creo. Los coches te alejan, te vas, ya.
Roxana