sábado, 6 de agosto de 2016

SARA GÓMEZ:PIONERA DEL CINE CUBANO






Sara Gómez: pionera del cine cubano

Por Roxana Popelka


Sí, dicen que somos de una isla donde la tierra tiembla y los mulatos huelen a hierba fresca”. Así de rotunda se expresa una voz en off al comienzo de Iremos a Cuba, 1964. Uno de los dieciocho documentales dirigidos por Sara Gómez (La Habana, 1942-1974). Una cineasta con voz propia que inicia su trayectoria dentro del contexto de la Revolución cubana (y del denominado Nuevo Cine Latinoamericano) donde aborda, por primera vez, los conflictos de clase, género e identidad, al mismo tiempo que rescata atinadamente la temática femenina, ausente en un entorno —como es el cinematográfico— dominado por hombres. Sara Gómez: mujer, negra, documentalista, se atreve a reescribir la historia de la isla incorporando la voz, la mirada del “otro”; del campesino, del mulato… Identidad de un pueblo —el cubano— recompuesta con determinación y honestidad a través de la nueva lente de la realizadora.  

Tal vez buena parte de su estilo, esa capacidad para captar la esencia de los personajes, unido al interés constante por desarrollar un cine sin concesiones, tenga que ver, acaso, con el encuentro que mantuvo en la propia isla con Agnès Varda en 1962. La realizadora belga se hallaba filmando Salut les Cubains, 1963. Un documental elaborado a base de fotografías donde retrata los primeros años de la Revolución. Sara Gómez, elegida por el ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), se convierte en asistente de la máxima representante de la Nueva ola. ¿Qué pudo surgir de ese encuentro con Varda? Probablemente emerge en la documentalista cubana una disposición a entender el cine como ejercicio de libertad transgrediendo los cánones cinematográficos convencionales, al igual que los estereotipos de género, revalorizando el papel de la mujer —especialmente de la mujer negra— en la sociedad cubana.  
 Otro encuentro destacable se produce en 1964, cuando Sara Gómez trabaja como asistente de dirección en Cumbite, película de Tomás Gutiérrez Alea vinculado también al ICAIC. Desde entonces se abre un periodo fértil para ambos conducente a estrechar un vínculo referido a la propia estética fílmica: el uso del documental como herramienta política.  
A partir de ese periodo Sara Gómez asume un papel como sujeto detrás de la cámara, realizando obras donde profundiza en su preocupación por el ser humano, al tiempo que adopta un papel hipercrítico atreviéndose a romper tabúes culturales y de clase. Es el caso de Guanabacoa, crónica de mi familia, 1966, donde realiza un análisis mordaz del contexto burgués del que proviene (parentela incluida); un entorno que abraza los prejuicios socioculturales más rancios.  
Esa mirada incisiva se impone en su trilogía formada por En la otra isla; Una isla para Miguel; e Isla del Tesoro, rodadas entre 1968-69 en la Isla de la Juventud (conocida como Isla de Pinos antes de la Revolución) donde revela una situación de penuria y escasez visible en buena parte de la sociedad cubana tras diez años de Revolución.
La cinematografía de Sara Gómez se caracteriza por el uso de técnicas experimentales para construir un discurso comprometido, no en vano concibe un cine emancipador al expresar: “Para muchos de nosotros la vocación de cineastas nos nació con la de revolucionarios y ambos oficios han llegado a constituirse como inseparables”.
Uno de sus rasgos característicos es el uso que hace de la entrevista, tal vez porque le permite adentrarse en un ámbito íntimo. Es el caso de la pieza Mi aporte, 1972. En ella entrevista a mujeres de toda condición social vinculadas al programa voluntario para cortar caña, propio de una etapa donde la isla debía producir 10 millones de toneladas de azúcar para la zafra.  
Su inquietud por visibilizar lo marginal la conduce a filmar su primer y único largometraje De cierta manera, 1974. Obra en la que dibuja un recorrido sociológico por el barrio de Miraflores, construido por la Revolución para albergar a los habitantes del insalubre vecindario Las Yaguas. La película evidencia las contradicciones propias de esa etapa: promesas incumplidas, imposibilidad de acabar con la situación de penuria de sus habitantes…

De cierta manera se convierte en una narración abierta mezcla de realidad y de ficción. El espectador consigue empatizar con sus tres protagonistas que hablan a cámara exponiendo sus preocupaciones y apelando a las conciencias: “La Revolución es buena, te da lápices, te lo da todo”, explica Yolanda, una maestra que en un momento de tensión expresa su malestar por el futuro de las niñas una vez que terminen la escuela: “¿Cuál es su futuro?, ¿qué hacen?, casarse, hijos… ¿Qué propone la Revolución para ellas?” se pregunta compungida Yolanda. Un hábitat circular que no termina de convencer a la maestra, tampoco a Sara Gómez, quien entiende el papel de la mujer como persona emancipada capaz de construir una nueva narración.

De cierta manera es un admirable largometraje cuya autora no alcanzó a ver finalizado. Su muerte prematura a los treinta y dos años se produjo en el momento del rodaje. Años más tarde fue terminada por su amigo y gran admirador Tomás Gutiérrez Alea, “Titón”.

Sentada en la fila tres del Auditorio del Edifico Sabatini, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, me identifico, me reconozco en Sara Gómez: no dejo de mover los pies al ritmo de Y tenemos sabor, 1967. Trato de repasar, de la mano del experto protagonista, los estilos de la música popular cubana. Pero “si usted quiere saber más llame al 305566”. Así, de esta manera, se despide de ustedes con pasión, fuerza y brillantez la voz de Sara Gómez.



Publicado en Imaginaciones Fílmicas. Deconstruyendo ficciones



miércoles, 3 de agosto de 2016

VERANO EN LA KARL-MARX-ALLE






Voy en bicicleta por la Karl-Marx-Alle, voy sin manos. 
Me paro en el número 33, y observo a un ex maestro meter la mano en el bolsillo derecho de su pantalón y sacar una llave, y abrir la puerta del portal y subir 32 peldaños, y entrar a su casa y calzarse las zapatillas, y extraer del bolsillo de su pantalón la calderilla que le pesa.

jueves, 24 de diciembre de 2015

EL GRAN VUELO. DOCUMENTAL DE CAROLINA ASTUDILLO, 2014.

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El gran vuelo. Documental de Carolina Astudillo, 2014





De: Roxana Popelka
Para: Carolina Astudillo
Asunto: He visto El gran vuelo. Aquí te cuento más


Carolina
Te escribo esta carta o lo que sea (llámalo X).
¿Crees que hoy existe el género epistolar?, ¿piensas que es un género anacrónico? Yo no (por desgracia no me llegan cartas, ni una). Te escribo porque creo, Carolina, que después de haber visto tu tremendo documental, sencillamente no puedo contener las ganas de contactar contigo a través de este medio. Te contaré que el día en que fui a ver El gran vuelo no tenía la menor idea de lo que me iba a encontrar, pero allá fui de cabeza a Cineteca con mis vaqueros de siempre, porque los viernes (era un viernes) no estoy para cambios de última hora. La Cineteca, en Matadero, que es tan amplia, tan confortable, tan calurosa en invierno y, sobre todo, en ella siempre, siempre encuentro sitio (me siento en la fila dos o tres; ya sabes dónde encontrarme). No tengo problemas con la vista pero me gusta sentir el latido de la pantalla. Tal vez tenga que ver con mi infancia, quién sabe, esas pérdidas, ese subconsciente, esa falta de referentes (ay, qué mal andamos de referentes). Bueno pues fui con mis amigos cinéfilos, que tampoco tenían noticias del documental. Nos gusta ir a ciegas, por ver qué sucede. A veces pienso que la gente ya no quiere sorpresas, solo certezas, bah, ir a lo seguro...  A mi me gusta dejar un hueco para el asombro, por si alguien logra transportarme a otro lugar, porque de eso va el cine, ¿no crees Carolina? Y te diré que tu documental lo logró. Fui con él de paseo reconstruyendo la pista de Clara Pueyo, militante del Partido Comunista  -ausente-. Clara, que deja de existir para la historia en el 43, fugándose de la cárcel Les Corts.  
Años 40, tan distintos a los dosmilquince. No sé.

Y empieza El Gran vuelo, y nosotros a un palmo de la  pantalla, en fila dos. Y una voz en off va narrando:
“El rastro de Clara Pueyo Jornet desaparece en el verano de 1943. Un informe policial la describirá como rabiosamente de izquierdas”.

 Ese arranque ya me cautivó
 y seguí con atención.
Te voy a contar lo qué vi, Carolina.  
Primero, fotografías en blanco y negro
de mujeres de finales de los 30
vestidas de los treinta, corriendo, sonrientes o no
paseando por Valencia por Barcelona, mujeres distintas
que vivían distinto
tan cogidas del brazo, porque ahora las mujeres
Carolina, al menos aquí, ya no vamos tan del brazo,
una pena. Algunas, como  bien explicas en tus entrevistas,
con esos sombreritos a lo Cocó Chanel.
Otros elementos aparecen
desaparecen en El gran vuelo, se distribuyen de manera natural
en un tiempo que es pasado, un timing en blanco y negro
montaje con fragmentos; súper ocho de collages
y mis amigos cinéfilos y yo (desde la dos) 
captamos la mirada
tu mirada. Perfecta reconstrucción de Clara Pueyo; luchadora valiente.
Un documental que atraviesa fronteras artísticas colocándose al lado de esos lugares habitables aunque poco frecuentados. Y en ese preciso lugar es donde te sitúo, Carolina, antropóloga de la cámara, con tu Gran vuelo.

Y después de la película la presentación. Te sentaste cerca de nosotros  junto al investigador (¿se llama Fernando?). Nos explicaste el porqué, cómo y cuándo. Yo, Carolina, te escuchaba a la vez que veía perfectamente tu flequillo, incluso hubiera podido tocarlo, pero no lo hice. Quise preguntarte, al final, pero resultó que ya nos habías explicado todo: que habías nacido en Santiago de Chile, en el setentaycinco, que eras periodista, que llegaste a Barcelona a estudiar un máster sobre cine y te quedaste, y ahí sigues, grabando, dando clases de cine. Contaste cómo surgió la idea de El gran vuelo y me pareció tan bueno que llegué a casa, metí tu nombre en Google, escuché una entrevista en Youtube y luego pensé, por qué no te dejas de bobadas y le escribes una carta (viva lo anacrónico) a Carolina, y aquí estoy. Me parece que tu trabajo es excelente: una práctica artística que desborda la rígida definición (ya sabes A+ B + C= D) sobre lo que es el cine, ah esos encasillamientos dañinos. Es el hallazgo de un documental grande, muy grande, y te felicito. Antes de despedirme te dejo un enlace, una canción que estoy escuchando mientras te escribo, a ver si te gusta.


Chau Carolina.

Posdata: Sabes, estuve en Santiago de Chile, en el 2008, me harté de chocolatinas súper 8; otro hallazgo…

Roxana