miércoles, 22 de enero de 2014

UNA SEÑORA BIEN




            
                       
        Carmen, de 37 años, termina de extenderse la crema hidratante por todo el cuerpo. Le gustaría parecer bella como Jean Fonda, aunque sea una vulgar mujer de clase media con aspiraciones truncadas. Ya en el internado anhelaba convertirse en miembro de la alta burguesía. Pero la realidad le deparó un marido comercial dedicado los cinco días de la semana a la venta de productos farmacéuticos: viajante por las Provincias de Castilla y León, que conoce al dedillo, al igual que los clubes de alterne que frecuentaba, ahora precintados por orden judicial. Aunque Carmen, su mujer, de eso no sabe nada. Mejor, ya tiene demasiados problemas cotidianos con la asistenta y con los niños de colegio concertado.
         Hoy es un día normal para Carmen. Se levanta a las ocho y media. Después de la ducha se aplica crema para pieles normales en su baño azulejado en tonos pastel, adosado a la habitación matrimonial. Sus hijos, de siete y cinco años, desayunan en la cocina. Se están tirando migas de pan por debajo de la mesa y escupiendo cereales al chocolate. Los cereales caen al suelo. Viene Consuelo y los recoge. La asistenta de Carmen se agacha sin decir ni pío, y junta uno a uno los cereales que tiran los hijos maleducados de colegio concertado, donde aprenden a rezar el Padrenuestro –de carrerilla-,  que canturrean ante las monjas solitarias; las mismas que cuelgan la ropa interior en el tendal, al anochecer, para que nadie las vea. Y piden una ayuda económica una vez al mes en concepto de obras de caridad para después adoctrinar a su antojo. Aunque Carmen y sus amigas se sienten orgullosas de mandar a sus hijos al concertado con los uniformes bien limpios y planchados por asistentas procedentes de Colombia o de Ecuador, que llaman a sus hijos una vez a la semana desde locutorios que llevan el nombre de Amazonas, o, Paraná, y guardan las fotografías de sus familiares en monederos cuadrados forrados en piel de imitación. Se reúnen los domingos en parques y jardines del extrarradio de la ciudad donde se citan con sus compatriotas para hablar de las horas extras y de las puñeteras manías de las señoras bien para las que trabajan, como frotar los calcetines a mano antes de meterlos en la lavadora, o fregar el parquet con vinagre y limón, al menos dos veces a la semana. 
         Pero Carmen, no nos engañemos, no es feliz, percibe que su vida es una auténtica porquería, aunque disponga de una Visa Oro, o de un Mazda MX – 5  Roadster Coupe descapotable para ir a Mercadona. Siente un vacío existencial incapaz de llenar ni siquiera con sus clases de pintura los martes por la tarde, y a veces, como ahora, se deja llevar por un sueño inútil, por un sueño inalcanzable: convertirse en una artista comparable a Frida Khalo. Y cuando sus hijos están en el concertado y Consuelo tiene el día libre, Carmen hojea el diario de la artista editado por el Círculo de Lectores y piensa en el aparatoso accidente sufrido por Frida Khalo que le rompió el cuello, las costillas, la columna vertebral y la pelvis, y comprende que el dolor es algo que no se puede compartir.



lunes, 30 de diciembre de 2013

EL ESCULTOR






  



       
 
        El escultor trabaja dieciséis horas. Trabaja todos los días, incluidos los domingos. No tiene vacaciones, ni piensa en ellas. Ha olvidado los placeres mundanos: comer bien, sestear, trasnochar. El escultor no tiene amigos, los ha perdido. Su fama de asocial lo fue alejando de los seres humanos. Ni siquiera se comunica con su familia. Parecería no tener familia, aunque la tiene. Existe una hermana que vive en otro país y habla otro idioma, y a veces, cuando está cansada de tanto pelear con sus hijos, de ir a buscarlos al colegio, darles la merienda y preguntarles cuáles son algunas de las características de los insectos, se detiene un instante –como abstraída-, y ve a su hermano cortando madera; pegando los pequeños trocitos de madera, secando los trocitos de madera, pintando cuidadosamente los pequeños trocitos de madera y construyendo unas casas a modo de maquetas. A continuación se imagina cómo su hermano cierra la puerta del estudio con suavidad y se dirige al río, sí, a ese caudaloso donde jugaban de pequeños. Lo figura subido a una afilada roca cercana a la orilla tirando piedras desgastadas al agua, oye perfectamente el ruido de las piedras: plof, plof. Observa cómo saltan las ranas y a unos renacuajos nadar a contracorriente. Lo percibe todo con nitidez. Ahora la hermana del escultor estira la mano, saca unos cantos rodados del agua y apunta a las ranas, quiere matarlas. La hermana del escultor se ensaña con los pequeños anfibios que escapan como relámpagos, y trata de perseguirlos y tropieza; se levanta de la tierra húmeda. La hermana del escultor mira sus rodillas ensangrentadas. Limpia con sus mugrientas manos sus rodillas teñidas de sangre y sigue andando, porque la hermana del escultor, de nombre Diana, sabe que no debe pararse nunca. Lo leyó en alguna parte, aunque no lo recuerda claramente. Baraja dos posibilidades, en la novela de David Herbert Lawrence El amante de Lady Chatterley, o, Lúcia Mc Cartney, de Rubén Fonseca. Es domingo y la hermana del escultor le pregunta a su hijo mayor la lección para el examen de mañana. El hijo de la hermana del escultor no sabe nada, lo ha olvidado todo. Ha olvidado dónde se colocan las unidades, las decenas o las centenas. No recuerda qué altura tiene la montaña de Machu Picchu, ni dónde está la Cordillera de los Andes, ni siquiera sabe contestar a la siguiente pregunta: ¿qué pueblo construyó hace más de 500 años una gran ciudad-fortaleza? Así que Diana, la hermana del escultor, se enfada y pega un puñetazo en la mesa de la cocina donde cada domingo le toma las lecciones a su hijo mayor. Y se desespera. Le dice a su hijo que como siga así, como siga sin dar golpe, sin atender en clase, lo va a mandar a vivir con su tío, el escultor. Entonces el hijo le pregunta que quién es ese y su madre, la hermana del escultor, le dice que es una especie de anacoreta. Le cuenta que su hermano corta pequeños trocitos de madera que utiliza para construir casas a modo de maquetas. El niño dice que él también quiere ser anacoreta y pintar pequeños trocitos de madera. La madre aprueba la decisión, considera que es acertada. Entonces la hermana del escultor se sienta con la espalda bien recta en el borde de la silla, se calza las zapatillas de andar por casa y piensa que la naturaleza no obra milagros.
 








                                                           

miércoles, 13 de noviembre de 2013




Berlín, 2009.

Como no tengo hermana
tal vez
imagino que la acompaño a uno de esos cabarets donde se aprecian figuras humanas
descompuestas por palizas, bofetadas
cuerpos atravesados por el tiempo, acodados, sin sonrisa ─sólo mueca─

Ella   ─no tengo hermana─, me cede un asiento
[como de hermana mayor]

Me tranquiliza verla mirándose al espejo. Sin maquillaje, sin sonrisa ─sólo mueca─
tan fría, calculando las gotas de licor que caen de su botella vacía hacia mi vaso.



domingo, 27 de octubre de 2013









Siberia, es un error
muy preciado
como si estuviera a la vuelta de la esquina

jueves, 25 de julio de 2013

miércoles, 24 de julio de 2013

2013 de Poesía. Día 205. Roxana Popelka

Día 205. Roxana Popelka. Cumple años feliz (2010)

Una frase de copérnico
 
La misma fuerza que conserva
un proyectil disparado
cuando se aleja de la mano del
lanzador.
Y creo que esa misma
fuerza la utilizo
para levantarme cada día,
para volver cada noche
al mismo punto de encuentro, porque
no hice caso de la última frase que
me dijiste cuando te ibas:

“No merece la pena
los planetas seguirán girando
alrededor del sol”.



sábado, 8 de junio de 2013

NURIA Y HÉCTOR. PENSASTE









Imagen Natalia Pastor
Texto Roxana Popelka y Juan Carlos Suárez

viernes, 24 de mayo de 2013

NURIA Y HÉCTOR. PORQUE TE VAS
















Exterior día, ¿o es interior día? ¿Por qué están dentro del parking a punto de coger el coche? Héctor parece alterado, camina con gestos enérgicos y mantiene un rostro muy serio. Nuria está más relajada, camina a su lado e intenta sonreír.

NURIA: Deja, conduzco yo.

HÉCTOR: No hay prisa, vamos con tiempo.

N: ¿Allí quién te espera?

H: Nadie, voy en autobús hasta el pueblo.

N: Pero tienes que esperar mucho.

H: Leo el periódico, yo qué sé.

N: ¿Tu madre está en casa?

H: No, creo que está con una prima hasta que yo llegue.

N: ¿Y tu hermana?

H: Ya sabes que mi hermana está fuera y no puede venir.

N: Pues no sé por qué, bien que viene por Navidades a recoger el aguinaldo.

H: Porque es fiesta en todos lados, atiende: no hay otra solución, tengo que ir yo, además ya se han acabado las clases y tal vez no tenga que volver.

N: Yo iría contigo, pero ahora no puedo, tal vez para el otro fin de semana. ¿Qué vas a hacer allí, lo sabes?

H: Pues lo primero es llevar la casa rural, mi madre con la escayola estará unos tres meses sin poder hacer nada.

N: ¿Y como va a aguantar el negocio? Tendrá que cerrar.

H: Bueno ahora lo que hay que ver es como está ella y ya iremos arreglando las cosas.

N: ¿Pero hay gente ahora en el hotel?

H: Sé que tenía dos habitaciones alquiladas, menos mal que ya pasó el puente.

N: ¿Pero qué hacia tu madre subida a un tractor?

H: En el campo se hace de todo.

N: ¿Tú sabes llevar el hotel?

H: Sí, claro que sé hacerlo, aunque no me apetece cambiar las sábanas de otros. Ella daba desayunos y además tenía gallinas.

N: ¿Cuánto tiempo vas a estar allí?

H: Ni idea, ya sabes cómo son estas caídas, el asunto es que tal y como están las cosas el hotel no se puede cerrar. No nos lo podemos permitir.

N: Si claro, es una faena pero creo que es lo mejor.

H: ¿Tú, qué harás?, ¿quién te va a hacer ahora la comida?

N: Como por ahí, eso no es problema.

H: El problema es quién va a atender a mi madre, tendré que darle de comer, fregar y demás gaitas; pero lo que me preocupa es tener que limpiarla y moverla en la cama y todo eso. Tengo que encontrar a alguien, yo no estoy preparado.

N: El problema es que hay que pagarlo.

H: El hotel funciona bien, por ahora.

N: Pues dedícate al hostal y contrata a alguien que esté pendiente de ella.

H: Parece que todo se pone en contra últimamente, ¿será por la bondad?

N: ¿Qué bondad?

H: La que estamos acostumbrados a ofrecer a los demás. Cuanto más das menos recibes.

N: Me gustaría que nada me afectara. En algunas situaciones lo mejor es dejarse llevar.

H: Y dejar que a tu alrededor todo se convierta en un caos.

N: ¿Es que crees que solo tú puedes arreglar las cosas?, ese es tu problema, que te crees imprescindible.

H: Vamos a ver, si yo no voy a cuidar a mi madre y de paso a llevar el hotel, nadie lo va a hacer.

N: No sé por qué nos creemos imprescindibles, es un problema nuestro.

H: ¿Generacional, a eso te refieres?

N: No, nuestro. Pensamos que sin nosotros no funciona nada. 

H: Y ahora qué pasará con nosotros…

N: Pues nos dedicaremos por un tiempo a cuidar de los demás, es lo que toca.

H: Es lo que siempre nos ha tocado. ¿Y quién cuidará de nosotros?

N: Nadie, hay que asumirlo; ni la familia ni el estado. Como tú dices nos gasearán, somos un estorbo.

H: Todo se reduce a complacer a los demás.

N: No seas tremendista, hoy por ti mañana por mi, y madre no hay más que una; además te acabas de quedar sin trabajo.

H: Ves, no hay mal que por bien no venga, mientras haya salud… Si al final tengo una suerte bárbara.

N: Tal vez haya que plantearse las cosas de otro modo.

H: ¿Hablas de nosotros, de nuestra relación?

N: No, la vida entera. Yo que sé… Que pocas veces en realidad eres libre. Tiene que ver con algo más existencial.

H: Qué puede ser más existencial que lo que siento por ti, acaso crees que te quiero para mandarte mensajitos y echar un polvo de vez en cuando.
Si la cosa se alarga, ¿vendrás?

N: Mejor pensar en los dos próximos meses, no podemos mirar más allá.

H: Ya, es verdad, hay que ser realista, es lo que hay. Una madre de 76 con la cadera rota y una casa rural que atender. Yo en paro y a 500 km de distancia: precioso.

N: No tiene sentido enfadarse, te acompaño, ¿lo llevas todo?

H: Mejor voy sin nada, así, ligero de equipaje.

N: No pienses que la distancia es una prueba, nosotros ya la hemos pasado.

H: No es una prueba, es una puñalada.

N: No digas eso, dentro de quince días voy a verte.

H: Así que dos semanas sin vernos.

N: Tengo que trabajar.

H: ¿Y si me tengo que quedar todo el verano, qué hacemos?

N: No sé, ya pensaremos algo. Esto es inmediato.

H: Tú a Boston y yo a California, qué bien lo vamos a pasar, al fin tendrás todo el tiempo para ti.

N: Sí, me iré de fin de semana. Anda, no digas bobadas.

H: Ya llegamos, mira a ver si hay sitio en el parking.

N: No, antes doy una vuelta a la manzana a ver si hay un sitio libre, que cuesta carísimo.

H: Todavía no entiendo por qué la llaman Estación Sur si va al norte.

N: Un vestigio del pasado, son así de cómicos.

H: Pues hacen tanta gracia como Martínez Soria y Rajoy juntos.

N: Antes sí que era un cutrerío de estación.

H: Ya, ahora los pobres son más elegantes, se ve que tienen estudios.

N: ¿Llevas algo para leer?

H: Las Putas asesinas, haber si se me pega algo.

N: No te veo de puta, y tampoco de asesina.

H: No coño, de escritor.

N: Te acompaño hasta el bus y espero a que metas la maleta.

H: ¿Cuánto me vas a echar de menos?

N: Bastante más de lo que crees.

H: Sí, seguro que ahora aprovechas para irte con las amigotas y ponernos a parir.

N: Ya, eso es lo típico pero no en este caso, voy a subir al teleférico de la Casa de Campo.

H: No se me ocurre nada más emocionante, casi es peor que echarles de comer a las gallinas.

N: Hablando de gallinas, ¿hablaste con tu hermana?

H: No, cuando llegue al pueblo la llamo.

N: ¿Sabe que cayó tu madre?

H: Yo no se lo dije.

N: ¿Y por qué no? No crees que ya está bien… los reyes son los padres, ¿no?

H: ¿Y cuando fue la última vez que fue tu hermano a ver a tu madre? Por mucho que quieras las cosas son como son.

N: Pero mi familia no tiene a una tía loca encerrada en una cuadra.

H: No, lo que tiene es a un padre que se fugó con todo el dinero de tu madre.

Cría Cuervos…

 

Imagen Natalia Pastor
Texto Roxana Popelka y Juan Carlos Suárez